Querido Sol, hoy mis palabras van dirigidas a ti. Te voy a contar una historia que quizás te haga sentir las ganas de lucir en mi camino aunque sea luchando contra esas nubes espesas que intentan posicionarse en mi alma.
Inocencia, es aquel tesoro que todos poseemos al nacer. Un tesoro que remueve las sonrisas de cualquiera. Abrir la mente a todo y a todos es una actividad que de mayores terminamos por vetar parcialmente. Si cierro los ojos por unos segundos, respiro profundamente, soy capaz de llegar a la agradable sensación de esa inocencia. Pensar que aunque esas imágenes presentes sean en blanco y negro, la luz del sol hará sacar la paleta de color y dibujar a mi antojo mi alrededor. Verde, naranja, amarillo, rosa... Todos somos de colores, sólo hay que buscar el sol.
Nubes, nubes negras. ¿Porque son capaces de existir y capaces de borrar nuestros colores? Me gustaría verlas con los ojos de la niñez, tan fáciles de borrar. Pero sin embargo ahora vienen y van dejando empapado de mal estar cualquier rastro de luz que se les interponga.
Pocas veces podemos dejarlas pasar sin analizarlas fijamente. Es entonces cuando apareces tú. Ese Sol que es capaz de sacarnos de ese hipnotismo gris que intenta hacernos débiles. Apareces con luces que aumentan nuesta respiración. Arrancas todas las ganas de lo que llevamos dentro para subirlas tan alto que al mostrarse frente a nosotros, somos capaces de sonreír y volver a pintar colores a nuestro alrededor.
En estos momentos de nubes negras, sólo te pido que me lances un hilo de tu luz, para que mis fuerzas no decaigan y mi sonrisa no mengüe. Porque aquí estaré esperándote con más fuerzas que nunca para pintar de los mejores colores todo mi mundo.
Gracias.
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